¿Sabes cuándo abres un texto y de repente parece que el autor te está hablando directamente a ti? Como si supiera exactamente por lo que estás pasando en ese momento.
A mí me encanta cuando pasa eso. Marca la diferencia total, ¿verdad? Y luego están esos otros textos… los lees, los entiendes y cinco minutos después ya ni te acuerdas.
El secreto está en la emoción. No hablo de dramatismo exagerado tipo telenovela, sino de un tono que toca de verdad, que hace que el lector se sienta acompañado.
Lo veo todo el tiempo en lo que escribo y en lo que leo por ahí: el contenido puede ser buenísimo, pero si no emociona, no se queda grabado.
Por eso decidí escribir esto. Quiero contarte cómo usar ese tono emocional de una forma que te sirva en el día a día – ya sea para un post en Instagram, un email a tus clientes o un artículo más largo como este. Porque escribir no es solo soltar información. Es hacer que el otro sienta algo.
¿Qué es realmente ese tono emocional?
Es la energía que lleva el texto. Puede ser el calor de quien te entiende de verdad, la ilusión que te contagia, la calma que necesitas cuando todo parece un caos. A veces hasta un toque de provocación, solo para sacarte de la comodidad.
No hace falta llenarlo de adjetivos. Se nota en las palabras que eliges, en cómo fluyen las frases – más rápidas cuando emocionan, más pausadas cuando quieres que la persona reflexione. Cuando lo hago bien, la gente no solo lee: responde, comparte, me escribe diciendo “joder, parecía que estabas dentro de mi cabeza”.
Una cosa es la voz de marca, otra el tono del momento
La voz es lo que no cambia nunca. Puede ser esa amiga cercana que todos quieren tener, o más seria y profesional, según quién seas. El tono emocional… ese se adapta al día.
Piensa en una marca que me encanta: siempre es honesta y ligera. Pero el día que lanza algo nuevo, viene con toda la energía, casi gritando de alegría.
Cuando comete un error y pide perdón, llega más tranquila, más humana, como dándote un abrazo. Lo importante es que no suene falso. Tiene que ser tú, pero con la ropa adecuada para la ocasión.
¿Cómo acertar al elegirlo?
Yo siempre pienso en tres cosas antes de ponerme a escribir:
Primero, ¿cómo está la persona que va a leer esto ahora mismo? Si llega frustrada porque ha probado mil cosas y ninguna funcionó, no voy a aparecer con bromitas. Voy directo, con empatía: “Sé lo agotador que es esto. Yo también lo he pasado. Vamos a solucionarlo juntos.”
Segundo, ¿qué quiero que pase después de que lo lea? Si quiero inspirar a alguien a empezar un proyecto, le meto esperanza, ese empujón de “esta vez sí”.
Si quiero vender algo, muestro cómo la vida se vuelve más fácil con eso – sin presionar, solo mostrando lo bueno de verdad.
Tercero, ¿dónde y cuándo va a llegarle? Un stories el fin de semana pide algo relajado. Un email un lunes a primera hora pide comprensión, como un café virtual.
Trucos que uso en la práctica (y que funcionan de maravilla)
Evito las palabras frías, esas que suenan a folleto. En vez de “el producto tiene alto rendimiento”, digo algo que pinte una imagen: “Imagina terminar el día sin esa montaña de tareas ahogándote. Eso es lo que hace por ti.”
Me encanta comparar con cosas de la vida real. Escribir sin emoción es como comer comida sin sal: te alimenta, pero no repites.
También juego con el ritmo. A veces corto la frase a la mitad. Para que pese más. Para que pare y piense.
Y las preguntas… las preguntas son oro puro. “¿Alguna vez te has sentido totalmente perdido entre tantas opciones?” Eso abre la puerta para que el lector entre de verdad en la conversación.
Una vez escribí sobre consultoría de marca así: Versión sosa: “Hacemos auditoría y plan estratégico.” A nadie le importa.
Versión que uso: “¿Tu marca aún te suena a ti? ¿O ya se convirtió en algo que ni reconoces? Nosotros te ayudamos a recuperarla – auténtica, fuerte, conectada con la gente que de verdad importa.”
¿Ves? Uno informa. El otro invita a hablar.
Errores que yo misma he cometido (para que tú no los cometas)
Ya me he pasado de emotiva alguna vez, queriendo ser súper profunda todo el tiempo. Quedaba forzado y la gente nota cuando no es sincero. Ahora sé que menos es más. Una frase honesta pega más fuerte que un párrafo cargado.
Y no puedes usar el mismo tono para todo. Cansa. Hay momento para emocionarte, momento para calmar. Es como en la vida: nadie aguanta a un amigo que siempre está al 220%.
¿Cómo sé que está funcionando?
No solo miro los números (aunque ayudan). Es cuando alguien comenta “necesitaba leer esto hoy”. O guarda el post. O me escribe por privado contando su historia. Eso no tiene precio.
Al final del día…
Puedo tener la mejor idea, el mejor producto, el diseño más bonito del mundo. Pero si el texto no toca, no conecta, pasa desapercibido. Y mira, conexión es lo único que de verdad tenemos en este mar de internet.
El tono emocional no es adornar. Es ser humano en un mundo lleno de robots. Es vender sin perder el alma, enseñar sin ser el profe pesado, acompañar de verdad.
Porque escribir, para mí, es eso: sentir algo aquí dentro y conseguir que el otro también lo sienta.
Y tú, ¿has parado a pensar qué tono estás usando últimamente en tus textos? Cuéntame, anda.

Martín Herrera es redactor freelance especializado en contenidos digitales y estrategias de comunicación. Ayuda a nuevos escritores a desarrollar sus habilidades, mejorar su estilo y construir una carrera independiente en el mundo online. En GF Nourish comparte guías prácticas, consejos reales y experiencias del día a día como freelancer.
